26 Marzo, 2017

DOMINGO IV CUARESMA 17 


Queridos hermanos:
En estos domingos centrales de la Cuaresma, el Bautismo es para nosotros, que fuimos bautizados de pequeños, una llamada profunda. Descubrir el signo del agua, el domingo pasado, a Jesucristo como la luz, en este, y considerarlo la vida de todo ser humano el próximo, nos va a ayudar a saber ser cristianos hoy, en nuestra vida de cada día.
Este domingo "Laetare", se nos invita a reavivar la gracia de nuestro bautismo y a intensificar nuestra participación en la luz de Cristo, única fuente de alegría verdadera.
La segunda lectura, de la carta a los Efesios nos recuerda la vela que recibimos el día de nuestro bautismo, vela que toma su luz del Cirio: Cristo resucitado. Por eso, la llamada a vivir como hijos de la luz, en «toda bondad, justicia y verdad», buscando lo que agrada al Señor. Y, como si nos viera un poco "fuera de honda”, nos recuerda: «Despierta, tú que duermes,  levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará».
Este domingo nos llama en el evangelio a VER. Normalmente cada uno vemos las cosas como queremos, y por eso utilizamos más el corazón que los propios ojos.
Tampoco es fácil ver "desde la verdad, la justicia y la bondad”. La primer lectura nos muestra al profeta, teniendo que aprender a orientar su modo de ver. A la hora de elegir no se puede encerrar en la tentación de la nostalgia y la añoranza de un pasado que pudo ser pero quedó frustrado. También entre nosotros la realidad es tozuda y no se realiza fácilmente según los planes de Dios. Pero hay que salir del pasado y afrontar la realidad con la nueva iniciativa de Dios. «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura… el Señor ve el corazón». Qué difícil sabe mirar según los ojos de Dios. El ser humano tiene que aprender a mirar no con sus propias fuerzas sino con el espíritu de Yahvé que viene sobre él. La preferencia de Dios por lo pequeño sigue siendo muy difícil en nuestras vidas, en que esas preferencias cuestionan los valores de este mundo y de este momento, y nos ponen en un ambiente necesariamente tenso y arriesgado.
El evangelio nos presenta a un Jesús capaz de preparar nuestros ojos para poder ver según Dios. Y nos presenta la "curación de un ciego de nacimiento”.
Nos presenta el misterio de Cristo, plenitud de la salvación. Solo quien entra en la dinámica de la fe podrá leer su auténtico significado, descubrir hoy a Jesús como la luz en medio de las tinieblas.
El ciego de nacimiento no es quien suplica la curación, sino que Jesús toma la iniciativa. Como dice a los discípulos, «este caso va a servir para manifestar el poder de Dios». Jesús es la luz y realiza las obras de la luz.
Los vecinos y familiares del ciego, los fariseos, el mismo ciego, sus padres..., han de enfrentarse a la realidad, han de ver la realidad.
El encuentro final del ciego con Jesús le lleva a comprende quién es Jesús; de ahí su confesión de fe y su gesto de adoración.
El proceso del ciego que llega a ver es muy interesante para nosotros hoy. Meter en nuestros ojos la realidad, de la mano de Jesús nos llevará a meter en nuestros ojos el polvo de la tierra en que vivimos. Toda esa realidad que nos molesta y que no queremos ver, que parece que nos va a estropear los ojos: el barro. La necesidad de pasar por el agua, siguiendo el mandato de Jesús. Y, no menos, seguir enfrentándose en su diálogo, a los familiares y vecinos: he sido curado por «ese hombre que se llama Jesús»; en el primer encuentro con los fariseos reconoce a Jesús como «un profeta»; y, en el segundo, como «un hombre que viene de Dios». Por último, es Jesús quien le abre definitivamente los ojos a la fe: «Creo, Señor».
A través de la curación del ciego de nacimiento Jesús revela su identidad y pone de manifiesto el juicio sobre el mundo: él es la luz; quien cree en él camina como hijo de la luz; quien le rechaza, permanece en las tinieblas.



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